Cruzaremos la frontera de noche (V y final)

Vivian Núñez y Manuel Juan Somoza/La Habana

Concluidos los combates en Oumdreiga y Amgala, después de tres semanas de andanzas, contábamos con suficiente información para realizar unos cuantos reportajes -incluido el libro que motivó estas crónicas- y suponíamos haber sobrepasado lo peor, pero la vida siempre logra sorprender.

Además de registrar enfrentamientos y escaramuzas, padecimos lo agobiante que es la vida en el desierto. Nos movimos en medio de los sirocos (ventiscas de arena, caliente y seca) para evitar ser detectados por la aviación y, en esas condiciones, llegamos para reabastecernos hasta a un manantial de agua dulce que salía a borbotones sin que el enemigo pudiera envenenarla.

En las largas jornadas pudimos bañamos pocas veces y asistimos al rito de los rezos, en medio incluso de combates.

“¿En qué creen ustedes?”, llegó a preguntarme Sahafi, quien con sus 19 años y un AK de culata plegable siempre en sus manos, se había convertido en una compañía permanente, necesaria y grata. “En la humanidad”, le respondí, sin convencerlo.

“¡Arriba, quítense los espejuelos…

Dejamos a Oumdreiga hasta internarnos en uno de esos diminutos montes de arbustos altos y troncos sólidos, muy parecidos al marabú, que subsisten por donde hace siglos cruzara un río.

Al mismo lugar llegaron otras dos patrullas mientras nosotros intentábamos descansar en el instante en que observé el fuselaje brillante de otro F 5 que giraba sobre nuestras cabezas con la cabina del piloto casi dándome en la cara.

“Oye, ¡despierta!”, fue lo único que pude decirle a Vivian, quien ya soñaba gracias a su capacidad innata de dormir, incluso de pie en un ómnibus atiborrado de viajeros, quien despertó sobresaltada al escuchar, no mi alerta, sino el sonido del ametrallamiento que había comenzado contra nuestra posición.

“¡Arriba, quítense los espejuelos y los relojes, rápido!”, apareció Sahafi cuando el avión descargaba su segunda ráfaga y de inmediato ordenó salir del monte, correr 60 metros en medio del desierto hasta tendernos a los pies de una elevación rocosa, donde me acosté sobre ella para protegerla, como había visto en las películas estadounidenses.

Contamos seis ráfagas contra nuestra posición en unos 30 minutos -por suerte el avión había descargado sus rockets antes- y no se realizó el decisivo pase rasante que temía. El caza se elevó fuera del alcance de las ametrallados 12,5 y perdió el blanco.

Inmediatamente después del tiroteo, sin bajas entre nosotros, imperando aún el dramatismo de lo que acababa de ocurrir, Sidami le pidió a Vivian que la acompañara, subieron a uno de los Land Rover y, solas, se perdieron del lugar. Fue, para mí, otro minuto tenso.

Sabría después que el motivo de aquella acción “riesgosa e imprudente”, a mi entender, fue que Sidami había tenido la menstruación y necesitaba asearse.

Todo era distinto a nuestra lógica. Esa noche hicimos campamentos en el mismo lugar y la aviación nunca volvió. No obstante, meses después, Francia intervino en apoyo a Mauritania, sus aviones sí hicieron pases rasantes y entre los muertos se contó a Sahafi.

Tras la singular despedida, natural en cualquier guerra, comenzó el regreso a Argelia. Quedarían atrás muchos sustos y gentes a las que llegamos a considerar amigos y de los que nunca volvimos a saber.

Regresamos satisfechos profesionalmente, pero con la sospecha de que tampoco sabríamos cuántas cartas se guardaron los saharauis en aquella cobertura y cuántas jugaron por debajo de la mesa. Los propósitos de políticos y militares difieren siempre de la finalidad periodística, por mucha identificación personal que llegue a existir.

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