Carlos Batista/Barcelona
Si estuviéramos en los ya lejanos años 60 del siglo pasado, es decir en el momento mas tenso de la Guerra Fría, la visita a Cuba del vicepresidente ruso Nikolaevich Chernyshenko podría interpretarse como un viaje para “orinar el terreno” y marcar su interés por el aliado comunista del Caribe, ante los desafueros de Donald Trump, cuya política crea cada día nuevos conflictos para Estados Unidos, en los cuatro puntos cardinales.
Pero los tiempos son otros. Ni Rusia es la Unión Soviética, Vladimir Putin no encabeza a los comunistas de su país, ni hay contenido ideológico en la “alianza estratégica”, como ambos países definen sus actuales relaciones.
Hay mucho pragmatismo en la actual política rusa y simpatías personales no disimuladas entre Trump y Putin, en un juego de póker geopolítico entre dos de las tres grandes superpotencias mundiales. China, la tercera, va de socio con Putin y de contrincante con Trump, en busca del predominio tecnológico y financiero mundial.

El resumen oficial de la visita y negociaciones de Chernyshenko, publicado en estas páginas, no nos reveló nada nuevo que ya no hubieran anunciado los gobiernos en materia económica y de colaboración, pues además de los saludos al presidente Miguel Díaz-Canel y el primer ministro Manuel Marrero, las negociaciones y las firmas fueron con Ricardo Cabrisas, el experimentando viceprimer ministro, negociador capaz y pragmático.
No se trata de Papa Noel soviético abriendo la pila del petróleo y la billetera, aunque si del nuevo amigo ruso capaz de ayudar… si los cubanos se ayudan a sí mismos.
Si algún nostálgico festejó con vodka la llegada del camarada Volodia, al estilo de años 60, parece que se equivocó. Tampoco parece haber marcado el terreno mirando a Washington, pero si extendió la mano, las herramientas y la contribución, para que los cubanos se ayuden a salir del hueco.


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