Vivian Núñez y Manuel Juan Somoza/La Habana
Rebuscando apuntes encontré nuestro primer libro-testimonio nunca publicado por demasiadas consultas, que trataré de resumir en varias entregas cortas para que trascienda a las hojas amarillas en que han sido convertidas las vivencias
Imposible suponer, desear o imaginar aquel 1977, que nuestras vidas estarían vinculadas a África de norte a sur, que experimentaríamos allí el sobresalto de recibir los tiros de un F-5 marroquí y que conoceríamos de primera mano los efectos del cólera asesino y el costo de ayudar a consolidar la independencia de Angola.
Acabábamos de casarnos, iniciábamos una andanza profesional y sentimental cuyo alcance fue puesto en dudas por algunos en la oficina central de la agencia Prensa Latina (PL) y desde Cuba nos enterábamos que poco antes, el 27 de febrero de 1976, había sido proclamada en armas la República Árabe Saharaui Democrática.
Corrían tiempos en los que lo aprendido en la Universidad de La Habana no era suficiente para crecer en el competitivo mundo de las agencias internacionales de noticias, por lo que nos aferramos a la sapiencia de los más curtidos -suramericanos la mayoría de la estirpe del argentino Jorge Timossi- , a la profundidad en los análisis de gentes como el brasileño Aroldo Wall y hasta escudriñamos en silencio las técnicas de corresponsales extranjeros, primero en la isla y después en las capitales de los países en que nos correspondió informar.
Todo corría en torbellino al punto de enterarnos en medio de nuestra Luna de Miel en el Hotel Nacional -entonces al alcance de los salarios-, que ella iría a pasar un entrenamiento en Luanda, mientras yo debía prepararme para viajar a Argel, donde volveríamos a reunirnos.
Y fue en ese contexto que supe de la llegada a la capital cubana de un alto cargo del Frente Polisario con la intención de abrir contactos oficiales con Fidel Castro, a quien busqué por toda la ciudad hasta entrevistarlo pocas horas antes de su intercambio con el Comandante.
La conversación fue extensa y al finalizar lancé un señuelo. “Viajaré el próximo mes a Argelia y quiero conocer cómo es posible realizar una guerra de guerrillas en medio del desierto”, dije.
Y aquel hombre alto y desgarbado, que hablaba un español castizo, esbozó lo que supuse un intento de sonrisa y respondió, “escriba este número de teléfono y cuando esté en Argel, por favor, me dice”.


Deja un comentario