Un brindis por “El Polaco”

Carlos Batista/Barcelona

Hace unos pocos días me sorprendió la muerte de Max Lesnik, y hablo de sorpresa porque Max era uno de esos hombres que, como las catedrales, están en la escena pública desde que uno tiene uso de razón, y a uno se le olvida que un día, como a todos, nos llega la muerte.

Por un momento me lo imaginé en su casa de Miami a sus 94 años, próximo a la partida, con una furtiva sonrisa, celebrando haber sobrevivido a días de guerra contra la dictadura de Fulgencio Batista, en el Segundo Frente del Escambray, al mando de Eloy Gutiérrez Menoyo, y a 11 atentados en Miami, pero terminar además una larga y fructífera vida, sin deudas políticas, tranquilo en su cama.

Corría el año 1998 y yo entraba ya en mi segundo año como corresponsal de la agencia AFP en La Habana. Había llegado a ese medio por el inminente retiro de Alfredo Muñoz Unsain, Chango, un argentino que marcó época en la agencia, por su trabajo muy profesional, su inteligencia, experiencia y relaciones personales, decano de la prensa extranjera en Cuba. Creí llegado el momento de conocer Miami, pues era una necesidad profesional, y así lo consulté con el ya jubilado, pero siempre atento Chango.

“Le voy a avisar al Polaco que vas, él te introducirá”, me dijo Chango en referencia a Max, con quien sostenía una buena amistad. Pocos años después tuve una larga conversación con Gutiérrez Menoyo, quien en esos momentos estaba en La Habana, hospedado en casa de su amigo Chango.

A poco de llegar a Miami, llamé por teléfono a Max, quien estaba al tanto de mi viaje. Me recogió en su auto al otro día y me llevó a una reunión de organizaciones y personalidades cubanas en el exilio, que con la ausencia de la Fundación Cubanoamericana, se celebraba en el Miami Hilton. Hombre directo y de verbo preciso, Max me colgó una fórmula que me abrió muchas puertas, aunque era un traje que me quedaba evidentemente grande: “es el sustituto de Chango”.

Fui presentado a varias personas, seguí atentamente la reunión, cuyos oradores me parecieron un tanto desinformados del tema central: Cuba. Así se lo dije a Max, y sin pretender sentar cátedra, directo, me dijo algo así:  “hay una Cuba según la prensa oficial, que tampoco es la real. Otra aquí, y nosotros tenemos que buscar acercar a todas las posiciones honradas por Cuba”.

Sabía que Max salió de la isla, al igual que Menoyo, en 1961, por diferencias políticas con el rumbo socialista de la revolución, la aproximación a la Unión Soviética y dando importantes cargos a dirigentes del Partido Socialista Popular (Comunista). Conocía de su amistad personal con Fidel Castro desde los tiempos se la Juventud Ortodoxa y también con Alfredo Guevara.

De la reunión fuimos a su casa. Recuerdo la cara de la esposa, cuando lo vio aparecer con un invitado sin anunciarlo. Max resolvió rápido: ¿te gusta la comida china?, preguntó. Acepté. Llamó por teléfono y pidió una cena sencilla y rápida. Por la noche, aún en su casa, invitó a cuatro cubanos, los que me acribillaron a preguntas sobre la actualidad cuban

Ese fue el Polaco que conocí y por el cual brindo hoy. Aprendí aquel día que para vivir y luchar por Cuba no hay que pertenecer necesariamente a ningún partido, ni profesar la ideología del poder. Basta con amar al país, su independencia, su libertad, y trabajar como pedía Martí “con todos y para el bien de todos”, desde cualquier lugar en que uno esté.

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