Carlos Batista/Barcelona
Andaba yo por Europa del Este cumpliendo algunas misiones de trabajo para Prensa Latina, cuando explotó la central nuclear de Chernobil el sábado 26 de abril de 1986. Recuerdo la consternación de los búlgaros, cuyos dirigentes muy nerviosos en la televisión, pedían no comer o tomar lácteos ni frutos frescos, por la contaminación. En una Bucarest desolada, oí a los pocos rumanos que transitaban usar palabras muy gruesas contra los soviéticos. Los polacos, con esa ironía corrosiva que los caracteriza, me dijeron “cuando explotó Chernobil, los hermanos soviéticos, inmediatamente, en la misma noche de sábado para lunes, nos avisaron.
Estaba asistiendo al primer acto de la desaparición del llamado Socialismo Real y el “desmerengamiento”, como lo calificó Fidel Castro, de la Unión Soviética y el Campo Socialista. Unos cuántos accidentes brutales y sucesos desacostumbrados en la URSS, caracterizaron la ruta en los próximos cuatro años, hasta que, como decía Carlos Varela en una canción popular, los mapas cambiaron de color.
En Cuba lo vivimos como sucesos inauditos, que además nos llevaban a una crisis económica que se bautizó como Período Especial, comenzado en 1990 y del que la isla nunca salió completamente.
Todavía trabajaba yo en la AFP como parte de un equipo muy cohesionado y profesional, cuando en mayo de 2018 ocurrió un desastre aéreo poco después de despegar un avión de pasajeros rumbo a Holguín. Cuatro años después se desató un incendio que destruyó buena parte del Hotel Saratoga, en el corazón de La Habana, una catástrofe inexplicable por mal manejo de la operación de llenar los tanques de gas licuado con un camión cisterna.
Pocos meses después, el 5 de agosto del mismo año, un fuerte rayo -de los muchos que caen sobre Cuba todos los años- provocó y destruyó buena parte de la base de supertanqueros de Matanzas, el mayor depósito de combustibles del país.
En ninguno de esos casos, se acusó a la mano tenebrosa de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), como en décadas anteriores, ni se señaló la oreja peluda de “la mafia terrorista de Miami”, como define el gobierno a la oposición armada y activa desde Estados Unidos.

Me pareció estar viviendo un déjà vu del “desmerengamiento”, pues desde entonces han seguido ocurriendo cosas que antes hubieran resultado inauditas: un ministro de Economía con alto cargo en el PCC, suspendido y arrestado por corrupción. Un año después no sabemos que pasó. Por el aeropuerto, nada de balsas, se produjo el mayor flujo migratorio en 65 años, con una baja sensible en la población laboral y preparada técnicamente. En julio de 2021 se produjeron las mayores protestas públicas en buena parte de la nación. El país vive con muy poco combustible y muchos apagones. En octubre pasado, se registraron por primera vez, dos totales en la isla.
La lista es mucho mas larga y no está cerrada. Todo esto ocurre con la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca y más medidas contra la vida cotidiana en Cuba esperando que una explosión social le haga el trabajo que la CIA no logró en décadas. Colegas que han vivido en Moscú me aseguran que una de las características de la Rusia del Samovar es que nunca abandona a sus amigos. Toda regla tiene su excepción.
Recuerdo la llamada Crisis de los Misiles o de Octubre de 1962, cuando Nikita Jrushchov acordó con Kennedy la retirada de los cohetes de Cuba sin consultar con Fidel Castro. O la visita se Putin a Cuba en diciembre del 2000, cuando en un acto público anunció la permanencia de la base de escucha de Lourdes en Cuba, gesto apoyado por Fidel ese día. Poco después Putin acordó con Bush el cierre de la base y los cubanos volvieron a quedar en la estacada.
Si algo caracteriza la actualidad mundial, sobre todo en la guerra de Ucrania, es que todo parece decidirse en un ajedrez geopolítico entre Putin y Trump.
Hay que aprender de la historia. Mientras, mirando a La Habana, recuerdo aquella estrofa del poema de Gabriel Celaya que Serrat hizo canción:
“Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan decir que somos quien somos, nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. Estamos tocando el fondo”.


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