Manuel Juan Somoza/La Habana
Sólo por sus obras periodísticas, conozco y sigo a Soledad Cruz y a Milena Recio, dos cubanas que me removieron el raciocinio en otra jornada de apagones y de incógnitas en cuanto al futuro inmediato del país.
Los temas abordados desde ángulos diferentes coinciden con el momento actual: la incultura del debate en esta isla irreverente que lleva 60 años defendiéndose del Norte y la pérdida de valores éticos en el país que intentó crear un hombre nuevo.
Con menos de 700 palabras, Soledad nos lleva de las causas a las consecuencias de la incultura del debate predominante aquí y concluye con dos párrafos a tomar en cuenta.
“No hay mejor servicio a quienes quieren destruirnos, como sistema y nación, -dice- que la ineficiencia, la improvisación, la inadecuada elección de prioridades, la prepotencia de no aceptar los errores”.
Y termina con la afirmación de que “no hay mejor servicio a la desunión que no escuchar la diversidad de inquietudes, propuestas, sugerencias, que no debatir tantos temas que lo ameritan, porque está en juego la soberanía de la nación y para defenderla hay que incluir a todos los dispuestos. Ese es el sostén seguro de la unidad”.
No sé si hago bien o mal, pero me he apropiado de algunos de los conceptos que esta colega subió a su muro en FB porque me parece que no deberían quedar ahí.
Prensa “mataperra”
Y hago igual con los razonamientos de Milena a propósito de la práctica cada vez más recurrente de reproducir en vídeos intimidades y desgarramientos ajenos, algo que vienen denunciando desde cubanos de a pie hasta el mismísimo Silvio Rodríguez.
“Este fenómeno -apunta Milena- no es cubano. Aunque entre cubanos nos duele más esa especie de asalvajamiento y cainismo creciente que, por cierto, no se enmendará solo con llamadas de atención, aunque estas no sobren”.
“Está muy bien que nos sinceremos públicamente sobre la violencia, la deshumanización, el maltrato a la dignidad propia y ajena. Pero no solo cuando lo ejercen personas sin escrúpulos con un celular con el que filman el dolor y la miseria humana”, dice.
“También hay que hablar de otras formas cotidianas, institucionales, en que se mancilla la dignidad de las personas y se les somete a situaciones en que se pisotea su orgullo y su tiempo vital, con o sin registro audiovisual”, agrega.
Y asegura: “también hay que pensar en cómo cierta seudoprensa, mataperra, ha ido configurando un público cubano, dentro y fuera de la isla, que disfruta de la porno pobreza y del relato apocalíptico y destructivo ad infinitum sobre Cuba”.


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