La violencia de las horas


Por Carlos Batista/ Barcelona
Tomo el titulo prestado del poema de César Vallejo, porque en los últimos días tengo esa impresión fatal que transmite magistralmente el poeta de que su mundo y su generación están desapareciendo rápidamente.
A inicios de mes me avisaron de la muerte de Abel Sardiña, «el guajiro», colega y amigo de Prensa Latina.
Por la prensa supe de la muerte del escritor Francisco López Sacha. No éramos amigos, pero simpatizamos hace años, cuando lo entreviste para una nota sobre la prohibición de los Beatles en nuestra juventud.
Somos una generación en salida, al parecer con apuro, incluso sin aprender a usar bien los teléfonos móviles actuales con sus muchas prestaciones.
Hoy lo recordé, cuando mi amigo y colega Manolo publicó en su cuenta de Facebook, algo que escribí hace exactamente 13 años, a propósito de la presentación de su primera novela Crónicas desde las entrañas.
Algo ha cambiado desde entonces, y para peor. Muchos de esa generación que pensamos morirnos en Cuba solos,  andamos hoy largas temporadas en otros países al abrigo de nuestros hijos.  No me atrevo a decir que somos emigrados, pero tampoco puedo negarlo.
El abrigo de los hijos ahora no solo es el cariño, es también medicina, alimentos, seguridad, hospitales habilitados y todo lo que ya no hay en Cuba.
Precisamente hoy el flaco y su esposa llegaron a Bilbao. Me avisó desde que llegó a Madrid, a donde fue a esperarlos el hijo.
Con toda sorna del mundo le pregunté, tienes pasaje de regreso? Y con ese humor fino y esa inteligencia que siempre reacciona a la velocidad del rayo, me respondió:  si te hace falta te lo cedo.
El resto de la historia está resumido en lo que escribí hace 13 años y aquí se los dejo, gracias a Manolo. Si quieren ampliar, busquen el libro, se los recomiendo otra vez.

CRÓNICA DESDE LAS ENTRAÑAS: LA HISTORIA DE UNA GENERACIÓN

Por Carlos Batista

Hace unos años, cuando leí el manuscrito de este libro con pretensiones de novela, me quedó un sabor de inacabado. Mucho me alegró leer ahora, en Crónica desde las entrañas, de Manuel Juan Somoza, un testimonio puro y duro. Fui testigo accidental, que no excepcional, de muchos de los sucesos narrados. Por eso me atrevo a afirmar que es un libro valiente, honesto y sincero.

No soy escritor ni crítico, apenas pregunton y escribidor, por lo que mi opinión es más visceral que profesional. Reconozco que la narración me atrapó, no por la sorpresa o la imaginación, sino por su habilidad de contar, sin fundamentalismos políticos ni rencores corrosivos.

No es un libro para los cubanos del mañana. Es la historia de nuestra generación, esa que llega ahora a los 60 con el alma llena de cicatrices indelebles, sentimientos mezclados, un sabor agridulce en el paladar.

Somos los de la mano levantada para aprobar, aunque nunca nos preguntaron; los de fracturas familiares por la emigración y la discordia; las de muchas campañas e improvisaciones; los que cortamos mucha caña y colocamos muchos ladrillos para construir un país mejor para nuestros hijos.

No logramos ser oídos. Recibimos cocotazos y castigos por los Beatles, escribir a un primo emigrado, o tener opinión propia en los quinquenios grises. Ni siquiera llegamos al poder; nos echaron de la cima con argumentos difíciles de entender.

Aun así, nos quedamos aquí, a la expectativa de un “ahora sí” que nunca llegó. Cuando nos creímos curados de fracturas, despedimos a nuestros hijos en el aeropuerto en un viaje sin retorno, después que nos quedamos sin respuestas a sus muchas preguntas.

Aún nos queda un tributo que pagar: envejecer en un país de viejos. Ni siquiera vamos a ocupar tumbas o mausoleos, pues estamos en la onda de la cremación y de las cenizas al mar.

Creo que nos merecemos el libro de Manolo, a quien doy las gracias. En él están implícitas las respuestas a las preguntas que nos hacemos ahora: ¿Por qué me quedé? ¿Qué carajo hago aquí? ¿Por qué sé que me voy a morir aquí?

A veces se me ocurre buscar las respuestas en aquel poema premonitorio que escribió Fayad Jamís hace años:

Con tantos palos que te dio la vida

y aún sigues dándole a la vida sueños.

Eres un loco que jamás se cansa

de ventanas abrir y sembrar luceros.

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