Hasta siempre, Compay!

Félix López /Andalucía

En mayo se van a cumplir 30 años de aquella Romería en Holguín donde descubrimos a Eduardo Sosa y Ernesto Rodríguez. El iluminado Salvador Palomino viajó con ellos desde Santiago de Cuba y los presumió ante periodistas, músicos y amigos como su arma secreta. Ellos tres habían tenido la suerte de tenerse y nosotros la suerte de encontrarlos. Miro atrás y me veo con mi hermano Mario Jorge, con un sombrero en mano, pasando el cepillo en la Casa de la Trova, para entregarles al dúo Postrova una generosa suma de dinero que se reinvertiría en ron cubano para seguir la fiesta hasta el amanecer.

Ya no podremos celebrar juntos el treinta aniversario de esa amistad. Eduardo Sosa ha muerto. Ernesto Rodríguez lucha por preservar su acento santiaguero en Berlín. Y Salvador Palomino llora en los mismos bares de Madrid donde Eduardo Sosa dejó sin palabras a Fito Páez, cuando le interpretó su versión montuna de Un vestido y un amor; o donde dejó sin aliento a Ana Belén con su interpretación de la Cocainómana. Ya no volveré a encontrarme al gordo Sosa en una calle de La Habana, en un teatro de Caracas, en un aeropuerto cualquiera o en un bar de Madrid. Ya no escucharé más su palabra favorita, Compay, que le salía auténtica, musical, y con un eco sincero.

En estos días se cumplen 16 años de uno de nuestros encuentros más bonitos. También era febrero y acababa de nacer mi hijo Diego. Los amigos Thiving Guerra y Gigi Bozzoni, generosamente, se habían desprendido de su auto por una semana, para que yo reconociera a mi familia en el hospital y tuviera con qué moverme en aquellos días que eran como un terremoto de felicidad. En la primera salida con aquel Mercedes Benz me encontré con Sosa en un semáforo de la Quinta Avenida, acicalado y con guitarra. Bajé el vidrio y le dije «sube, Compay». Él se acomodó de copiloto, me saludó con la alegría y el desenfado de siempre, echó un vistazo y me dijo: «Mira que los guajiros somos exagerados. Con tantos Ladas que hay en La Habana qué cojones tú haces con un Mercedes Benz por Miramar». Nos fuimos riendo hasta que lo dejé en el Instituto de la Música. Antes de despedirnos lo invitamos a la fiesta por el nacimiento de mi hijo y tres días después allí estaba Sosa, como el primero, con su guitarra y unas décimas escritas para el recién llegado.

Hoy me despertó con la noticia de su partida. Y he amanecido con mi hijo Diego en el coche escuchando sus canciones. Él, en silencio, mirándome con el rabillo del ojo y yo con los ojos inundados de lágrimas. Vamos los dos en nuestro duelo, pero a la vez sonriendo con esta clase de cubanidad que es A mí me gusta, Compay, su canción más conocida: «(…) una yuca con mojito, puerco asado y congrí oriental/A mí me gusta, Compay/Ver como cantan en el Cerro la bola y los strikes/A mí me gusta, Compay/Tú te imaginas si tuviéramos el petróleo de Kuwait/A mí me gusta, Compay/Incluso, la mitad de la carne que tiene Uruguay/A mí me gusta, Campay/La trova santiaguera, Silvio, Pablo y Los Van Van/A mí me gusta, Compay».

Con esta alegría, yo también riendo tras la cámara, te recordaré siempre. Viaje esta crónica contigo y como abrazo a tu familia y nuestros amigos.

(Tomado del Facebook del autor)

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