Marcos Rubio
Por Jorge Gómez Barata/LaHabana
América Latina que, alentada por la Revolución cubana, uno de los más relevantes eventos en el siglo XX que avanzó políticamente gracias al establecimiento de gobiernos progresistas, es empujada hoy en una dirección contraria por las acciones de connotados contrarrevolucionarios cubanos que han escalado posiciones en la política estadounidense.
Debido a los antecedentes antiimperialistas en Latinoamérica y a la proyección de la Revolución rudamente confrontada por Estados Unidos, disfrutó de popularidad entre los pueblos de la región y fue cercana a los movimientos de liberación, concitando con ello la hostilidad de todos los gobiernos que, con la excepción de México, se sumaron a las políticas de Estados Unidos, rompieron con la Isla, apoyaron su expulsión de la Organización de Estados Americanos (OEA) e hicieron parte del bloqueo.
No obstante, el clima de hostilidad de todas las administraciones norteamericanas, el liderazgo cubano se aproximó a gobiernos como los de Salvador Allende en Chile, Omar Torrijos en Panamá, Velazco Alvarado en Perú, Juan José Torres en Bolivia y otros hasta el momento en que varios estados caribeños restablecieron relaciones diplomáticas con la Isla. En 1998, todos lo habían hecho.
En 2009 la OEA levantó las sanciones que impuso a la Isla en 1962 y dio luz verde a su regreso a la organización oferta que, con buenas razones, fue declinada.
En 2015, el derecho de Cuba fue restablecido al ser invitada a la Cumbre de las Américas en Panamá, momento en que se manifestó un nuevo consenso latinoamericano para integrar la Isla a la institucionalidad hemisférica de la que había sido excluida y tuvo lugar el esperado encuentro entre los presidentes Barack Obama y Raúl Castro.
En momentos en que tiene lugar un reflujo de la marea progresista que llegó a abarcar a una docena de países, se acentúa la presión y el retroceso favorecidos por el triunfo electoral del presidente Trump quien, con nefasta intención, ha entregado la conducción de la política hemisférica a connotados enemigos del proceso progresista latinoamericano con particular énfasis en Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Mauricio Claver-Carone
El hecho de que la Isla no represente un peligro militar o político para Estados Unidos, incluso que haya restablecido los vínculos diplomáticos y aspire a normalizar las relaciones de todo tipo con la potencia norteña, en lugar de alentar la moderación de la misma, provoca a el acoso a los sectores y elementos progresistas, a la vez que se aprovecha de la debilidad de los gobiernos serviles.
Al entregar la ejecución de la política latinoamericana a Marcos Rubio, Mauricio Claver-Carone y Carlos Trujillo, secretario de Estado, enviado especial del presidente para América Latina, y subsecretario de estado para la región respectivamente, el presidente ha puesto la política de su administración para América Latina en las peores manos posibles.
De esa triada predispuesta contra todas las fuerzas y causas que, de algún modo, alienten fórmulas progresistas compatibles con la democracia liberal. Basta apreciar la hostilidad contra movimientos que auspician la toma de conciencia en la lucha contra la pobreza y las desigualdades y reivindican mínimos de independencia nacional y justicia social para percibir hacia donde pretenden impulsar la historia.

Carlos Trujillo
No obstante, con su particular modo de conducir la política exterior, probablemente a Donald Trump le parezca que Latinoamérica es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos de un amateur, por lo cual recorta las potestades del secretario de Estado al nombrar “enviados especiales” para temas centrales como América Latina donde la cuña es Mauricio Claver-Carone.
Para tratar con Venezuela el asunto de los estadounidenses presos allí, y los cuales, gracias a su gestión fueron liberados, y tal vez otros como el del petróleo, prescindió tanto de Marcos Rubio como de Claver-Carone y utilizó los servicios del diplomático Richard Grenell, cuyas conversaciones entusiasmaron al presidente Maduro, que llegó a proclamar una “agenda cero”, una especie de “borrón y cuenta nueva”, lo cual Washington no ratifica.
En cualquier caso, desde los primeros compases, la administración Trump sigue los peores derroteros. Resistir, crear y sobrevivir a la embestida reaccionaria, y aprovechar las oportunidades que puedan surgir es, por ahora, la alternativa. Un día se dijo que: “Al valor no le faltará la inteligencia, ni a la inteligencia el valor”. Allá nos vemos.
(Tomado de ¡Por esto! )


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