Carlos Batista/Barcelona.
Próximo a cumplir 50 años, 20 de ellos en Barcelona, Vladimir Romero ha hecho magníficas fotos de la ciudad Condal y su gente, pero el lente de su cámara analógica está tatuado con el Morro, el Malecón y la gente de su natal Habana, de donde viene su obra cabal de fotografía documental.
Algo semejante le ocurre a su amigo y colega Arien Chang, cuatro años menor, al que los rostros de la cosmopolita Nueva York, donde reside hace casi un quinquenio, no le han quitado“la necesidad de descubrir y documentar mi país buscando testimoniar parte del contexto social”, y “esto me ha conducido a iniciar viajes por Cuba descubriendo a sujetos, personajes que tenían que ver con las historias que estaba creando”, dijo.

Y ambos se han unido ahora en una exposición en el invierno de Barcelona, Nieve en La Habana, enseñando la espuma del mar chocando sobre el Malecón que da la ilusión óptica de copos fríos en el calor tropical, pero también con el crudo realismo de una ciudad duramente castigada por la crisis y el abandono, y los rostros, que van desde la inocencia infantil, hasta la dureza, el cansancio, la desidia, la resignación de los viejos.

“Nieve en La Habana ofrece un recorrido por la evolución técnica y emocional de estos artistas”, dijo Patricia G . Kasaeva, comisaria de la muestra, abierta hasta el 13 marzo, en la Galería by Lastcrit.
Enfatiza que “lo que distingue a éstos artistas es su capacidad para captar la esencia de su visión, conectando con el espectador, y reafirmando la relevancia del arte en un mundo sobresaturado de imágenes”
Ambos pasaron del blanco y negro e incursionando el color. “En esta transición hacia el color, Chang ha adoptado un enfoque vibrante y expresivo, donde el color resalta los matices sicológicos. Dice la comisaria. Sin embargo, Romero “emplea una paleta apagada y cálida , evocando nostalgia y explotando las sutilezas del entorno urbano.
El cine me hacía volar la imaginación

Mulato, de estatura media, y de rostro jovial, aunque a veces parece distraído, absorto, Romero confiesa que “la fotografía capta toda mi atención, me atrapa y me impacienta el hecho de concretar una historia mediante una imagen”.
Ambos abrazan la fotografía documental, que en Cuba y el resto de Latinoamérica está fuertemente influenciada por el cine e impregnada de un compromiso social.
“El cine en cuba me hacía volar en mi imaginación, me transportaba de mi realidad. La fotografía habla sin palabras, siempre cuenta historias, por eso escojo la calle como mi modo de expresión y el blanco y negro por su agudeza y preponderante definición de los detalles, por su manera más simple y compleja a la vez”. Explica Romero.
Para la experimentada crítica y curadora Magaly Espinosa, “Vladimir se mueve por los espacios públicos buscando el soplo particular que habla de lo que somos y de cómo somos, aprovechando su hábil capacidad para detener en una imagen el emerger de la diaria subsistencia”.
Romero admite que “cada persona que conozco me enseña cosas que llevo a la fotografía”.
Tradiciones, costumbres, vivencias.

Autodidacta y versátil, Chang busca raíces, costumbres, esa cultura popular que trasciende y no muere.
“Mis tendencias artísticas a la fotografía documental van dirigidas a la necesidad de poder transmitir y dejar un legado que muestre tradiciones, costumbres, vivencias, personas”, subraya.
Cuenta que “este género me convirtió en un viajero, tanto en el sentido literal, como el de la mirada que explora y busca sujetos e historias en todos los rincones de la isla y del mundo”.

No se repite, “Cada proyecto nuevo es un camino de doble sentido. Testimonio y plasmo momentos en la vida de determinadas personas y sucesos y, a su vez, estos aportan y tributan en mi desarrollo personal y profesional”.
Para la comisaria Kasaeva, los dos artistas están “unidos por una tradición de la fotografía documental latinoamericana, con su enfoque en lo humano, la calle y los espacios de resistencia encuentra en ellos dos exponentes que, al pasar al color, han encontrado su herencia visual”.


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