Jorge Gómez Barata/La Habana
Guantánamo (1796), un precioso nombre indígena adoptado por la más oriental y remota de las provincias cubanas (casi 1000 kilómetros) de La Habana), debería ser celebrado en todo el mundo porque allí, en 1492 en dinámicas compartidas con Santo Domingo y otras localidades cubanas, Cristóbal Colón comenzó el encuentro de las civilizaciones europeas e indoamericanas, un trascendental proceso que transformó a la humanidad.
Al respecto, el destacado antropólogo Fernando Ortiz comentó: “…Si estas Indias de América fueron un Nuevo Mundo para los pueblos europeos, Europa fue un mundo novísimo para los pueblos americanos. Fueron dos mundos que recíprocamente se descubrieron y entrechocaron”. Como recordatorio, la iglesia Parroquial de Baracoa, Villa Primada de Cuba, atesora la Cruz de Parra, una de las 29 que Cristóbal Colón trajo de España y sembró en América.
Por las llamadas Antillas, penetraron en las Américas el catolicismo y el idioma español que, junto al conocimiento mutuo entre personas de diferentes etnias y culturas, fueron hitos del más grandioso trasvase cultural que, en unas décadas llevó, de América a Europa y viceversa, conocimientos ancestrales que significaron un salto en la civilización mundial.
La incorporación de América a la dinámica de la modernidad, creó el mercado mundial de bienes, minerales, alimentos, maderas, diversos productos y cuantiosas sumas de dinero en forma de oro y plata. A ello se añadió el movimiento de personas que involucró, primero a europeos y luego a millones de africanos, traídos en calidad de esclavos que, al adaptarse a las nuevas tierras, las hicieron su patria y la enriquecieron con sus culturas y su trabajo.
Si bien el saqueó ensombreció el grandioso encuentro, no lo anuló. La América original con sus altos niveles de civilización, aportó cientos de toneladas de oro y plata, maderas preciosas y fabulosos alimentos como papa, maíz, cacahuate, tomate, banana, calabaza, chile, vainilla, así como una enorme variedad de frutas tropicales que cambiaron para siempre la alimentación del mundo y dieron un extraordinario impulso al desarrollo de Europa y América.
No hay manera de calcular en dinero las innúmeras jornadas de trabajo que sin remuneración ni prestaciones aportaron siervos, esclavos, hombres de campo que, mientras los látigos azotaban sus espaldas contribuían a la grandeza de Europa y América que les debe, al menos gratitud.
Por el oriente de Cuba, comenzó también la resistencia indígena a la ocupación extranjera y la opresión que, más de cinco siglos después, para una parte de Guantánamo, no ha terminado. El territorio usurpado por la base naval norteamericana, nunca ha sido libre. De la ocupación española pasó a la de Estados Unidos. Estos son apuntes de esa historia.
En el siglo XIX, a partir de 1868, la región oriental cubana fue escenario de las tres guerras por la independencia que se prolongaron hasta 1898, con la inevitable secuela de destrucción y ruina económica.
Por un giro de los acontecimientos, la guerra sostenida por los cubanos a lo largo de 30 años, liderada en su última fase por José Martí, no terminó con el triunfo de los patriotas, sino con la ocupación de los Estados Unidos que, al derrotar a España en la guerra Hispano-Americana se apropió y ocupó militarmente sus posiciones coloniales, entre ellas Cuba.
La ocupación, resistida por los patriotas que lucharon contra ella con los medios a su alcance, principalmente políticos, se prolongó desde 1898 a 1902. Cuando al fin, Estados Unidos accedió a la independencia de Cuba, impuso como condición una oprobiosa cláusula, conocida como Enmienda Platt que incluyó el arrendamiento de terrenos para la instalación de bases militares.
A los cubanos de entonces no les quedó opción. El imperio fue categórico: “Hay Enmienda o no hay república…” Así de la imposición y de la fuerza nació la Base Naval de Guantánamo, una herida en la condición cubana que al ser convertida en cárcel representa una afrenta.
No obstante, actuando de buena fe, los gobernantes y constituyentes cubanos de entonces, arrendaron unos terrenos, no los vendieron ni enajenaron la soberanía y nunca pasó por sus mentes que pudieran ser utilizados como cárcel por una potencia extranjera.
Además de la devolución de los terrenos ocupados por la base, pudiéramos unirnos en el reclamo de que no sean utilizados para fines abyectos. Allá nos vemos.
(Tomado de Por Esto)


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