Ilustración: Brady
Por Jorge Bacallao Guerra/La Habana
Hace unos meses pasé unos días en familia en un hotel todo-incluido de Varadero. Fui con la intención sana de no molestarme ante previsibles inconvenientes, ni desperdiciar tiempo de esparcimiento en la pugna por los más básicos derechos de cliente. Ya había ido alguna que otra vez a ese tipo de sitios, y además, estaba al tanto de los casi unánimes testimonios sobre las peripecias de muchos usuarios, volcadas como quejas en las redes sociales.
No tiene caso nombrar el lugar porque la película es la misma en muchos otros. A pesar de llegar a la hora de almorzar, uno no puede entrar a su habitación hasta las 4 de la tarde, y entre una cosa y otra no da tiempo a almorzar en el restaurante del hotel, por tanto, hay que resolver el almuerzo en timbiriches expendedores de fritanga. Yo hube de elegir el sándwich de minuta, que resultó ser un «pan con pescao» en toda regla. El pan, de calidad y dimensiones afines al de la cuota, estaba cortado al medio de manera irregular, y tenía una inclinación que no le permitía descansar sobre su base en el plato. Este tipo de deformaciones suelen tomarla los panes cuando viajan hacinados en sacos con personas acostadas encima. Tal vez ese no era el caso, pero era lo que yo tenía en la cabeza mientras digería. Me precio de no hacer asco a nada y soy todo lo opuesto a escrupuloso, pero caramba, pagar tanto y viajar tan lejos para enfrentarme a semejante trancabuche roza lo indigno.
Los pasillos estaban mal iluminados, mal pintados y tapizados con unas alfombras vetustas y empercudidas. El ambiente sugería que en cualquier momento se aparecían las gemelas muertas de El Resplandor, pero con aro, balde y paleta. En mi baño caía un chorro de agua de la bañadera del piso de arriba. Tuve la suerte de que la ocupaba mi cuñado y su familia, pues si te va a caer agua jabonosa residual de otras personas, es una bendición que sea de gente de confianza.
Los vasos eran botellas de vidrio cortadas y la piscina, que estaba llena, tenía el piso también lleno de azulejos pequeños despegados, y la probabilidad de meter el dedo chiquito del pie en los huequitos de los azulejos era altísima. Podría seguir y seguir, pero creo que la idea está transmitida y que no debo ser la primera persona que cuente historias similares.
Hace un par de años llevamos a mi hijo al Zoológico de 26. Puse un post de Facebook y después conversé con alguien del zoológico que me llamó. No he regresado, así que no sé si la cosa ha cambiado, por tanto, cuento lo que vi entonces. No quiero detenerme en la salud de los animales, ni en la limpieza, ni en la oferta gastronómica, ni en el comportamiento de las personas que asisten allí. Prefiero dedicar tiempo a otras cosas más peculiares, como que a la entrada hay una gran feria lúdica infantil: juguetes de colores brillantes que parecen ser horribles a propósito, con y todo el aspecto de joderse al primer uso.
Por otro lado, deberían darle el premio al zoológico con la mayor población de caracol gigante africano en libertad. Si te quedas 10 segundos de pie en algún lugar, se te encaraman dos o tres por la pata del pantalón. El caracol africano, que empezó siendo una fuerza invasora incontenible, me imagino yo que habrá visto que el pez león trató de depredar en costas cubanas y fue depredado por la gente; y que la claria, esa plaga tremenda, está a 300 pesos el paquete. Con tales noticias parece sensato que hay decidido a nivel de especie, recluirse voluntariamente en lugares como el zoológico o la Quinta de Los Molinos.
El trencito funcionaba todavía, pero van dos señores detrás empujándolo en la subida a la pendiente. ¿Cuál será la plaza de estos fornidos caballeros? ¿Empujadores de trencito? El anfiteatro está ambientado como un lugar en donde hace 50 años se extinguió la raza humana. La vegetación ha ganado la pelea y ha expulsado de allí a toda forma de vida, incluso al caracol africano. Es un lugar muy solitario, solo visitado por aquellas personas que necesitan imperiosamente vaciar la vejiga o los intestinos.
He contado sobre el zoológico y el hotel, pero podría haber hablado del Parque Lenin o de los círculos sociales, de mi añorada escuela Lenin o de Tarará. Recuerden el hospital Borrás, en reparación 20 largos años hasta que se convirtió en un parque, o el edificio Alaska, que devino parqueo. Recuerden los Di Tú, o las Cadecas, kioscos que se construyeron a toda velocidad para desaparecer luego con la ilegalización del dólar y parece que van a tener que aparecer otra vez. Recuerden las tiendas en pesos cubanos repletas de botellas de agua, y solo de botellas de agua. Recuerden que ya ni siquiera se consiguen esas botellas de agua. Recuerden el Estadio Panamericano inaugurado, dejado destruir para volverlo a reparar e inaugurar a la carrera, todo esto en varios ciclos. Recuerden que aquí se tuvo la cara dura de pedir la sede de unas Olimpíadas. Recuerden que en las tiendas de MLC hay decenas de trabajadores mirándose las caras y custodiando pomos gigantes de aceitunas en conserva, y de mojo criollo manufacturado por una mypime de provincia a precio de delicatessen con media etiqueta despegada. Recuerden que Cuba, con cada vez menos turistas, se siguen construyendo hoteles con «indios» contratados por empresas extranjeras, mientras se deja destruir todo lo demás, incluidos hoteles construidos no hacen tanto.
Cuba tiene 7 maravillas arquitectónicas, y de ellas la más joven es el Viaducto de la Farola, que data de 1965. Lejos de producir nuevas maravillas, se han ido deteriorando las que había. Por lo que se va vislumbrando en el horizonte, parece ser que el caracol africano escogió muy mal lugar para venir a labrarse un futuro.
(Tomado de La Joven Cuba)


Deja un comentario