Mis profesores

Ilustración: Brady

Por Jorge Bacallao Guerra/La Habana

«El alma de la enseñanza es el maestro, y a los educadores en Cuba se les paga miserablemente; no hay, sin embargo, ser más enamorado de su vocación que el maestro cubano. Basta ya de estar pagando con limosnas a los hombres y mujeres que tienen en sus manos la misión más sagrada del mundo de hoy y del mañana, que es enseñar». Así decía Fidel en La Historia me absolverá.

Tuve magníficos profesores a lo largo de toda mi vida de estudiante. No es que haya sido especialmente afortunado, sino que nací en 1979, y eso por regla general, implicaba que cuando llegabas a la escuela solías tener frente a ti a un docente preparado, de experiencia, con dominio del contenido y de técnicas pedagógicas, y relativamente conforme con lo que le había deparado su profesión dentro del universo de los cubanos de aquella época.

Entre primero y cuarto grado tuve siempre la misma maestra: Olga Quindemil. Olga conocía a cada estudiante, con sus cualidades y sus falencias, y trabajaba de manera muy personalizada. Insistía de manera especial en que entre los niños no podía haber novios ni novias, y cuando nos poníamos un poco intranquilos, sacaba hojas y sonaba un concurso inventado allí mismo, pero que nos lo tomábamos muy en serio. No recuerdo nada parecido a experiencias relacionadas con bulling, escándalos o injusticias en aquella aula, y tengo la certeza de que se debió en gran medida al excelente trabajo de mi Olga.

En quinto y sexto cambié de barrio y matriculé en Camilo Cienfuegos, de Lawton, una escuela gigantesca que ocupa casi toda una manzana. Volvieron a tocarme excelentes maestros: Manuel, Sofía, Porfirio y Mercedes eran profesores de toda la vida, que no alzaban la voz por gusto, pero que mantenían una disciplina total y un ambiente relajado. Nadie me orientó nunca traer un trabajo práctico tan complicado que tuviera que hacerlo mi mamá. Nadie pidió jamás un peso para una necesidad del aula. No había televisores ni equipo sofisticado, ni a nadie le pasaba por la mente pagar a un profesor particular. Había pizarra, tizas y borrador. Había libros de texto, a veces demasiado pasados de adoctrinamiento revolucionario, pero un juego completo para cada estudiante.

Matriculé en La Lenin y allí me encontré a Eloy, que es el mejor profesor que he tenido en mi vida y actualmente uno de mis mejores amigos. También encontré a Roberto Espinosa, un genial profesor de Español, a quien le agradezco toda la motivación y el rigor. Fueron años difíciles aquellos de la primera mitad de los noventa. Arroz, chícharo y barquillo, y aporreado de marabú el miércoles en la noche, día en que se iba la luz. Eso sí, la calidad de los profesores, salvo excepciones, bastante alta.

Me he divertido desde siempre en la escuela. He atesorado anécdotas toda la vida.  Recuerdo a Elena Batista, profesora de inglés de secundaria explicando el futuro con will. Cuando Yamil preguntó qué significaba will, ella respondió que nada, que indicaba futuro, y ante la insistencia: «bueno, significa: eré. I will eat, yo comeré».

Recuerdo a Nelson, de matemática, pedir un libro de geometría analítica: «Por favor, ¿alguien puede darme un Lehman?», y nosotros, los graciosos del aula, levantarnos y decir: «Patria o muerte, venceremos».

También recuerdo a Juanito, profe de Matemáticas de la secundaria, no poder parar de reír cuando escribió el asunto «Ecuaciones de Segundo Grado», y un alumno le dijo que ya no se acordaba de lo que había dado en segundo grado.

En la universidad, en mi grupo teníamos un Didier y un Didié. Mi inolvidable profesor Baldomero pasaba la lista y al llegar a Didier, lo pronunció didié, y cuando la gente protestó, explicó que por la pronunciación francesa Didier se decía Didié, y que entonces Didié, se diriá Didí. Nos reímos, le dijimos que a Didié (que no había llegado) no le iba gustar ser Didí, y él dijo muy serio que lo iba a seguir pronunciando así. En eso entró por la puerta Didié, y el profesor le dijo: «Buenos días… Olivera». Genial.

En la Lenin, el profesor Héctor de Biología preguntó en qué se diferenciaban una célula normal y una neurona, mostrando las láminas de las dos. Como la célula normal era lisa por fuera y la neurona tenía las dendritas, yo, sin pensar, dije que en el pelado. El profesor me la guardó, y cuando en otra clase sobre el ciclo de Krebs pregunté si lo había descubierto alguien de apellido Krebs, me soltó: «¿Qué tú Krebs?»

No puedo homenajear aquí a cada docente que admiro, pues son muchos. Solo quiero agradecer a todos los que hicieron de mí la persona que soy hoy. Creo que más que el jabón, el par de medias o el champú de los días 22 de diciembre, tenemos que valorar más a los maestros buenos que aún quedan. Entre tantas cosas que debemos exigir a quienes nos dirigen, está que le den el valor exacto a las profesiones que sientan la base de los pueblos y las sociedades. Que paren ya de alardear sobre nuestro sistema educativo, porque a día de hoy es malo, y va a empeorar mientras cualquiera pueda ser maestro y para ser taxista de turismo haya que resolver los 12 trabajos de Hércules.

Gracias maestros. 

(Tomado de La Joven Cuba)

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